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De sentido común: ¿dueños o inquilinos?

Una vieja propaganda de un “Banco”, bajo el lema “haciendo dueños”, mostraba un dueño de casa rompiendo partes de su casa… ¡justamente porque era dueño y no inquilino!, también aparecía un hombre tocando un costoso piano de cola bajo la lluvia ¡porque era dueño!; el mensaje de fondo era muy claro: el dueño puede hacer lo que quiera con sus cosas.

Este hecho aplicado a la vida real, tiene su verdad cuando se refiere a las “cosas” que tenemos pero ¿acaso somos dueños de nuestra vida o  la de los demás hasta el punto de hacer con ella lo que queramos?, ciertamente que no, más allá que somos responsables de ella. Soy dueño de regalar el anillo que llevo en mi dedo pero no de cortarme el dedo (¡y nadie va a ser tan insensato de pensar que soy menos libre por ello!), el inquilino es dueño de colgar un cuadro en la pared pero no de hacer por su cuenta una reforma estructural en la casa…, en este sentido somos más parecidos a un inquilino, a un administrador.

Esto mismo lo enseña Jesús en el evangelio, el dueño absoluto es Dios: “dar al César lo que es del Cesar, y a Dios lo que es de Dios”

Esto sucede si lo aplicamos a los distintos ordenes de la vida: los padres no son dueños de sus hijos (¡menos aún si se están gestando en el vientre de la madre!), los gobernantes no son dueños de la Patria,  el Papa y los Obispos no son tampoco dueños de la Iglesia…

Ponerse en el lugar de “dueños” o de “inquilinos” se denota en diferentes actitudes.

El que se “adueña” cree que puede disponer de su vida o la de los demás para hacer lo que quiera sin tener que darle cuenta a nadie (¡por eso es dueño!) y con esta sola razón parece alcanzarle pero se olvida de algo muy importante: a todas las razones que el inquilino pueda tener para hacer una “reforma estructural” en una casa, hay una sola razón en su contra que pesa más que todas las demás: no tiene derecho, porque no es el dueño…; y si igualmente se adueñara de ese derecho estaría violentando su vida y la de los demás, porque la raíz de la violencia (y consecuentemente de la injusticia) es la “posesión” de lo que no  se puede ni debe poseer…  Se olvida, además, que en esta vida o en la otra tendrá que darle cuenta al Dueño de como administró sus bienes (Mateo 25,14-30, Parábola de los talentos). Así también canta la chacarera: “la vida me han prestado y tengo que devolverla cuando el Creador me llame para la entrega”  

Por el contrario, el que se ubica como “inquilino”, lejos de desentenderse de “su casa”, la cuida como propia y la administra con gratitud y fidelidad, esperando recibir del “Dueño” un premio mayor. Aunque, algunas veces, tenga que renunciar a sus propios gustos y pareceres, sin embargo, ve altamente recompensado su esfuerzo al poder disfrutar de lo que tiene libremente en paz y sin temor, porque – a diferencia del que se adueña – se sabe en manos de un Dueño generoso…, es decir, del Padre Dios. Lejos de quitarle libertad, le da la posibilidad de amar sin pretender dominar y poseer lo amado.

¿Dueños o inquilinos? Dos formas de ubicarse frente a la vida… frente a los demás… frente a Dios…, seamos “dueños” y libres para disfrutar y hermosear la casa de nuestra vida que Dios nos ha prestado  pero no pretendamos cambiar su estructura porque se nos puede “caer en la cabeza”… ya que el Arquitecto divino sabe por qué la hizo así…; cuidémosla, otra no hay...

 

P. Héctor Albarracín

 

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