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De Sentido común: “No tengan miedo”

A lo largo del evangelio, muchas veces, nuestro Señor les dice a sus discípulos: “no tengan miedo”… (p. e. Mateo 14,27) ¿Qué alcance tiene dicho mandato?

El temor en sus distintas formas: ansiedad, pánico, stress, etc, es uno de los grandes males de nuestro tiempo, y – si bien puede tener distintas causales, sean más psicológicas o físicas – queremos tratarlo en su raíz mas bien espiritual y general.

En primer lugar tenemos que decir que el temor es la contracara del amor; se teme lo que se ama, es decir, tememos perder lo que amamos. De este modo porque amamos la salud tememos la enfermedad, porque amamos la vida tememos la muerte, porque amamos nuestra buena fama tememos ser calumniados,  porque amamos a Dios tememos perderlo… etc. En este sentido el temor es algo saludable “en su justa medida”, si no temeríamos nada eso significaría que tampoco amamos nada. Es “insano” y anormal que una persona no tenga – en alguna forma – algún temor; es  lo que vemos en la delincuencia: el ladrón que no teme morir en su intento de robo (mucho menos matar a alguien!) es porque no ama su vida, ¿cómo pretender que cuide mi vida el que no ama ni siquiera la suya?; lo mismo sucede, en distinto grado, con los que “arriesgan” innecesariamente su vida por diversión o adicción.

Lo segundo que decimos es que el temor se vuelve exagerado y enfermizo cuando se desordena el amor, es decir que el temor desordenado es el “síntoma” de un amor desordenado… ¿queremos saber por qué tememos “demasiado” algo?, miremos qué amamos “demasiado”, “calibremos” “ordenemos” mejor ese amor y el temor encontrará su justa medida. Ese “desorden” se nota en que amamos más lo que deberíamos amar menos y amamos menos lo que deberíamos amar más… (imagine cada uno algún ejemplo).

Con todo no es fácil “calibrar” el temor dado lo contingente de nuestra vida, de nuestras “seguridades”; muy fácilmente nos desordenamos apoyándonos demasiado en realidades buenas pero que fácilmente se pueden perder: seres queridos, salud, juventud, dinero, fama… Por lo tanto para “curar” de raíz nuestros temores, además de buscar siempre ordenar el amor, es necesario que pongamos a Dios, el amor de Dios, como dueño absoluto de nuestra vida, pero un Dios que lo miremos también como “Padre”, es decir, ponernos ante Dios “como niños”, el niño puede tener temor pero no ansiedad si se siente amado y protegido por sus padres. Esto es algo muy sanador, el otro camino es buscar seguridades “inseguras” frente al temor o “evadirnos” de él… lo cual, lejos de erradicarlo, lo aumentará…

Cuando San Pedro sintió temor al lanzarse a caminar sobre el agua nuestro Señor le dice “hombre de poca fe ¿por qué dudaste?” (Mateo 14,22-33); no le dice ¿por qué temiste?, ni tampoco ¿por qué dudaste de ti mismo?; no le pidió no temer (porque es natural temer cuando se camina sobre el agua!) sino que le pidió confiar en El; no lo estaba “retando” sino “entrenando”… lo saludable del temor es que nos muestra el límite y de ese modo no nos creemos omnipotentes, es decir, nos hace humildes. San Pedro pasó la prueba: pidió ayuda y no se ahogó. La lección había sido dada: en el mar inconstante de nuestra vida… lo único absolutamente seguro es Dios… su fuerza, su Amor; eso no impide hundirnos algunas veces y sentir temor, pero evita que nos ahoguemos en la desesperación…

P. Héctor Albarracín

 

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