camino de la conversion

 

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De sentido común: el camino de la conversión…

La conversión espiritual es semejante a un camino que tenemos que recorrer a lo largo de toda nuestra vida, como una ruta “aérea o marítima”, en la cual tenemos que corregir a cada paso el rumbo porque –si bien tenemos que seguir un determinado recorrido- la “senda” no está tan delimitada como en una ruta “asfaltada”; por eso el discernimiento y la conversión  son algo necesario para todos los que estamos camino a la eternidad, aunque en distinta medida.

En ese camino de conversión tenemos varias dificultades, nos interesa señalar especialmente dos:

1- La costumbre. Nos acostumbramos a lo bueno de tal manera que lo podemos llegar a hacer de modo más o menos automático perdiendo insensiblemente el “sentido” o la razón del por qué lo hacemos. De este modo nos podemos acostumbrar a la oración, a los sacramentos, a las obras de caridad; o nos terminamos acostumbrando a escuchar o decir que Nuestro Señor Jesucristo es nuestro “salvador”, que nació “en un pesebre”, que murió “en una cruz”… etc etc; sin que todo eso nos despierte asombro o admiración.

También nos acostumbramos a lo malo, a criterios equivocados, a modos de vivir, a vicios y adicciones… de tal manera que nos resulta algo “normal” o algo difícil de superar en la práctica porque volvemos a caer en ello una y otra vez o porque “todo el mundo lo hace”.

2. Falta de sinceridad:  con este aspecto queremos hacer referencia al hecho de que no reconocemos nuestras faltas o la raíz de nuestras miserias echándole rápidamente la culpa a cuestiones externas a nosotros mismos, de ese modo o no “tomamos los remedios adecuados” o  negamos la “enfermedad”.

También podemos señalar dos aspectos que nos pueden ayudar en este proceso de conversión:

1. Trabajar cada día por conseguirla: los resultados a largo plazo –y el fruto de nuestra conversión es uno de ellos- se logran avanzando paso a paso pero de modo constante. Por ejemplo si queremos lograr tener “estado atlético”, sirve caminar o correr habitualmente unos kilómetros más que “matarnos haciendo ejercicio” una vez cada tanto. Esto implica el trabajo cotidiano y a la vez la perseverancia en ese trabajo. A veces nos desanimamos porque queremos lograr resultados inmediatos a nuestros esfuerzos sin tener la suficiente paciencia para alcanzar un fruto más duradero a largo plazo.

2. La gracia de Dios: no debemos olvidar que la conversión es una gracia de Dios, es decir, Dios nos da el “poder” realizarla. “Dame lo que me pides y pídeme lo que quieras” decía hermosamente San Agustín; en este sentido los “métodos de autoayuda” no alcanzan, es necesario “regar” con “agua viva” nuestro corazón para obtener el fruto deseado, y esa agua viva viene “de arriba”, como la lluvia…

Es importante el camino porque es el que nos lleva a un fin, a un destino. Si tomamos cualquier camino o andamos en la vida “a tontas y a locas” vamos a terminar “en cualquier lado”. Dios nos de la luz y la fuerza para atravesar el mar de nuestra vida, más allá de las “tormentas” y las “sirenas”, por un camino que nos conduzca al ansiado “puerto”.

P. Héctor Albarracín

 

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