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De sentido común: El sentido de las proporciones...

En diversos momentos de los evangelios se narran distintas acusaciones a nuestro Señor por parte de los fariseos, en ellas objetan algunas cuestiones sobre las cuales tienen “cierta razón” pero están “desproporcionadas”, he aquí un ejemplo: “Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?». El les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí.” (Marcos 7, 1 ss.)

Lo que nos interesa resaltar del texto es que la trampa de dichas acusaciones está en su desproporción, ya que el sentido común nos dice que si alguien busca la salud de su mano ¿cuánto más debería buscar la de su corazón?, y si alguien lucha por matar una mosca ¿cuánto más por matar una víbora?. El fariseísmo, entonces, está en la desproporción querida.

A modo de ejemplo, para que se entiendan este principio, vayamos a algunos casos concretos de desproporción que suceden especialmente en nuestro tiempo:

Si buscamos conservar la salud y belleza de nuestro cuerpo, de lo que se ve; ¡cuánto más la de nuestra alma que es la raíz invisible que sostiene lo que se ve!

Si defendemos la vida de los animales, especialmente los domesticables; ¡cuánto más la de un indefenso bebé en el vientre de su madre!

Si acompañamos a nuestros niños para que no estén solos frente a los peligros de la calle; ¿por qué los dejamos solos frente a esa “ventana al mundo” como es el uso indiscriminado del celular o de internet?

Si nos escandalizamos e indignamos cuando algunos de los que nos gobiernan se roban nuestro dinero, ¿por qué no nos indignamos más cuando se roban nuestros valores la televisión, las modas y las leyes injustas?

Etc, etc, etc…

Repetimos que no necesariamente hay que oponer dichas opciones pero si “ordenarlas”.

¿Por qué suele fallar el sentido de las proporciones?, o dicho de modo positivo: ¿qué nos ayuda a encontrarlo en medio de tantas cosas?. Hay que poner cada “cosa” en su lugar, en primer lugar a Dios: “Amar a Dios sobre todas las cosas”; no nos manda amar solamente a Dios sino “sobre todas las cosas”: existe un sano amor a si mismo, a la creación, a los demás, pero ese amor debe ser “ordenado”, es decir, jerarquizado; de lo contrario caeremos en algún tipo de desproporción y con ello –en la medida en que no lo reconozcamos- en alguna forma de hipocresía.

No decimos con esto que tenemos que tener una perfecta coherencia u armonía en nuestra vida (ojalá fuese así!), pero evitemos sí caer en alguna forma de fariseísmo: el incoherente reconoce su incoherencia y busca la conversión, el hipócrita niega su incoherencia y busca excusas… y no nos olvidemos que en sus últimas instancias el fariseísmo termina matando al verdadero Bien y pactando con el mal… y todo esto con “excelentes excusas”, como ya sucedió en la historia…

Aunque la exacta proporción sea un don escatológico, y en eso consistirá nuestra felicidad eterna, busquemos ordenar “nuestra casa interior” para empezar yá a disfrutarla…

 

P. Héctor Albarracín

 

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