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De sentido común: ...Por amor a la verdad

 

Según nos relata el evangelio de san Juan los fariseos llevaron a una mujer sorprendida en adulterio ante Jesús (Jn 8, 1-11). Nos preguntamos: ¿qué movió a los fariseos a hacerlo?, ¿lo hicieron por amor a la ley de Moisés?, no; ¿por el bien de esa mujer?, tampoco; ¿por amor a la justicia y la verdad?, mucho menos…; entonces ¿por qué lo hicieron? “para poder acusar a Jesús” dice el texto; es decir que en realidad “usaron” esa verdad (el pecado de esa mujer) contra Jesús…

Algunas personas se creen justificadas en sus criticas y juicios porque creen que alcanza con decir algunas verdades, o verdades a medias (lo cual es mucho peor!). Por supuesto que es necesario -y hasta un deber- decir la verdad aunque sea para condenar un error o un pecado, como es el caso que nos ocupa; pero también es necesario - para que tal verdad sea medicina que cura y no sea peor el remedio que la enfermedad- que “salga” de nosotros virtuosamente y haga el bien deseado, para lo cual tiene que ser movida por el amor a Dios y al prójimo; este modo virtuoso no es “automático” porque puede “movernos” - como los fariseos- inconfesados motivos de resentimiento, desesperación, ¡y hasta envidia!.

¿Cuáles son algunos de los signos de que decimos una verdad- especialmente cuando implica la condenación de un pecado- movidos por el amor a la verdad?

Según nuestro parecer, podemos señalar al menos tres:

1) Cuando se dice alguna verdad de modo virtuoso se lo hace de modo “relativo”, no porque no exista una verdad “objetiva” sino porque se nos pueden escapar elementos de juicio (“el hombre juzga las apariencias y Dios ve el corazón”), muchísimo más cuando “repetimos” algo acerca de lo cual no tenemos certeza.

2) Cuando esta verdad es dolorosa, es decir, implica pecado o error en alguna persona, nos tiene que doler y mover a reparar - en la medida de nuestras posibilidades- el mal que criticamos. Jesús lloró sobre Jerusalén “antes” de echar a los mercaderes del templo con un látigo; y , en ocasiones, lanza una mirada sobre los fariseos llena de indignación pero también se muestra “apenado por la dureza de sus corazones”. Es muy fácil criticar lo que no nos costó ni nos cuesta nada hacerlo, pero ¿cuánto hemos sufrido o sacrificado por ello?. Es más, puede suceder que - por una psicológica ley de compensación - “descarguemos” en duros juicios para justificar nuestra pereza en lo que deberíamos realmente hacer…

3) En ese mismo caso, cuando la verdad es “dolorosa”, nos tiene que dar “pudor” el tener que manifestarla; mucho más de modo público (cosa que le faltó a los fariseos). Si sentimos la necesidad (y hasta el placer!) de decirlo a todo el mundo (mucho más de publicarlo en las “redes sociales”) es porque no nos duele y en el fondo porque tampoco la asumimos como propia; y es justamente el amor lo que hace próximo a nuestro prójimo, sea quien sea. Hay ocasiones que es necesario hacer pública una verdad o condenar un error en orden al bien común, pero aún en ese caso debemos mantener esos mismos sentimientos de pudor en nuestro interior.

Todas estas actitudes nos ayudarían a encontrar cuáles son los mejores medios concretos para que esa verdad haga el bien deseado y no sea solamente un desahogo de nuestra conciencia.

Retomando el ejemplo de los fariseos, ellos “usaron” las miserias verdaderas de esa mujer para justificar o tapar sus propias miserias mucho más graves… ¿no es lo mismo lo que mueve a algunas personas que acusan a la Iglesia católica usando las miserias concretas de algunos de sus miembros?

La actitud de Jesús fue muy distinta a la de los fariseos, porque sin negar la verdad (la miseria de esa mujer) supo ver también otra gran verdad: el perdón de Dios y su conversión. No “uso” la verdad como una “piedra” que hiere sino como un “aceite” que sana las heridas… Porque la verdad y el bien van de la mano, cuando se “sueltan”, la verdad sola se vuelve una medicina que mata y el bien un analgésico que no cura…

 

P. Héctor Albarracín

 

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