Que esperamos de Dios

 

Volver a "de sentido común"

De sentido común: ¿Qué esperamos de Dios?

 

Vayamos terminando el año con una reflexión sobre la virtud de la esperanza. La esperanza es una virtud que nos “tracciona” desde nuestro interior para conseguir un fin determinado. En esta vida esperamos muchas cosas, especialmente de Dios: el enfermo espera la salud, el estudiante obtener un título, la embarazada tener un hijo, etc… sin embargo la Esperanza con mayúsculas consiste en esperar lo que trasciende lo temporal, esperar lo que no vaya a pasar, esperar –con la ayuda de Dios – llegar plenamente a la “Vida eterna”.

Necesitamos “atar” nuestra vida a algo que trascienda este mundo pasajero (creo que no hay que demostrar que las cosas buenas y malas de este mundo pasan y que nosotros también vamos a pasar).

Para ilustrar este tema vamos a recurrir al ejemplo del “malacate” de un vehículo, ¿conocen cómo funciona?. El malacate es una especie de motor externo adosado al vehículo que atado con un cable a un punto firme tracciona el mismo cuando éste no puede hacerlo con sus propias ruedas porque el terreno se le volvió inestable; del mismo modo, cuando en la vida nos empantanamos o el camino se nos torna inestable (cosa muy común y natural, ¡porque así es la vida!), entonces es cuando necesitamos ese motor porque no nos alcanza con nuestras solas fuerzas para avanzar.

Para que este sistema de movernos funcione necesitamos un punto fijo y firme, es decir que “lo que esperamos” no sea una abstracción o un sentimiento nebuloso sino que tengamos certeza y amor hacia eso que esperamos: nosotros esperamos estar con Dios plenamente y sin poder perderlo y eso llenará totalmente el deseo de felicidad de nuestro corazón, y en Dios esperamos el reencuentro con nuestros seres queridos, especialmente la Santísima Virgen y los santos.

¿Pero esta verdad no es algo “alienante”, una forma de evadirnos de este mundo? ¿Esto significa que no nos debe importar ni los bienes ni los males de esta vida?. Todo lo contrario, esperar la otra Vida nos ayuda a vivir mejor en ésta. Una mujer embarazada espera su hijo durante todo su embarazo aunque lo verá plenamente después del parto, el hecho de esperar su nacimiento no le anula – ¡al contrario!- su capacidad de amarlo, desearlo, disfrutarlo, “durante” el embarazo. Del mismo modo Dios, el Cielo que esperamos no está “al final” del camino; de alguna manera está a lo largo de todo el camino y condiciona nuestra vida, de este modo los placeres y los dolores encuentran su justa medida: ni nos aturden, ni nos desvían del camino porque no nos detenemos “demasiado” en ellos como si no hubiese nada más que esperar. Cuando no se espera del más allá, los placeres y sufrimientos de esta vida se “desproporcionan” necesariamente y entonces - ¡oh paradoja! - ni disfrutamos plenamente de los placeres (¡como una persona con avaricia no disfruta de los bienes que tiene!) y los sufrimientos se nos vuelven una carga imposible de llevar, una carga que hacemos lo posible y lo imposible por evadirnos de ella porque parece que atenta contra nuestra felicidad.

Esta esperanza no funciona de modo automático, como algo mágico: si no esperamos nada, si no deseamos nada más que las cosas de este mundo, entonces corremos el riesgo de no llegar a nada, de quedarnos vacíos en el más allá: eso es el infierno; es decir, que en definitiva, no es que Dios nos condene sino que nosotros mismos nos autoexcluimos por nuestro modo de vivir, de amar y de esperar en el este mundo, ¿se dan cuenta de la hermosa pero gran responsabilidad que implica el hecho de ser “libres”, de la “trascendencia” de nuestras acciones buenas o malas?. Todo lo que hacemos tiene un eco en el más allá… un eco de eternidad.

 

P. Héctor Albarracín

 

Volver a "de sentido común"