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De sentido común: la misericordia divina ¿remedio curativo o solo analgésico?

En varias ocasiones de nuestras reflexiones hemos comparado al pecado como una suerte de enfermedad (con la diferencia que el pecado es algo voluntario, querido, mientras que la enfermedad no siempre es así) y la misericordia divina como el remedio adecuado para dicha enfermedad.

Siguiendo con esa semejanza, existen dos formas fundamentales de tratar una enfermedad: buscar curar al paciente o solo tratarlo de modo paliativo porque no se puede o no se quiere llegar a las causas de la enfermedad. Hay personas que buscan al médico para que los trate en uno u otro sentido, es decir, algunos buscan realmente curarse de la enfermedad y están dispuestos a poner los medios para quitar las causas de la misma y otros se conforman con que el remedio le quite los “síntomas”, porque – en el fondo – no pueden o no quieren curarse (puede sonar extraño que digamos que alguien “no quiere curarse” pero si no se ponen los medios adecuados para lograr algo en el fondo no se quiere lograr, más allá de que la persona no se sincere y reconozca dicha situación).

Con la misericordia divina sucede algo parecido. Algunos pretenden que la misericordia sea una suerte de “analgésico” que le quite las molestias ocasionadas por el pecado (falta de paz, vacío interior, tristeza, desesperación…) pero no están dispuestos a un “tratamiento” que los cure del pecado, a tratarlo de raíz, porque en el fondo no quieren desapegarse de el;  esto genera una búsqueda de lo que el Papa Francisco llama una “espiritualidad sin Dios”.  Otras personas, por el contrario, buscan y confían en que Dios realmente perdona y se ponen más de parte de Dios que de sus pecados y así obtienen la curación de los mismos.

Este tema está muy relacionado con el “poder” de este médico divino para realmente curarnos. La misericordia divina no es debilidad ni resignación o conformismo, sino que supone un gran poder y sabiduría. Sería más fácil para Dios  -por decirlo de alguna manera- crear una nueva persona sana a tener que resucitarla cuando murió por el pecado o devolverle la salud, como sería más fácil para un alfarero hacer una nueva vasija a tener que arreglar una que está deformada.

“Pero”, ya que es poderoso, ¿por qué se demora, muchas veces, en curarnos?. Para encontrar una respuesta adecuada, aunque no definitiva, tenemos que agregarle al poder de Dios su sabiduría.  Para entender mejor estos conceptos pongamos un ejemplo: supongamos unos padres que no pueden dar algo a sus hijos porque no pueden comprarlo, en este caso el límite está en su “poder”; si esos padres tuviesen mucho dinero pero no le compran algo a sus hijos porque consideran que todavía no es conveniente para ellos, en este segundo caso el límite lo pone su “sabiduría”. Algo parecido sucede con Dios, el “puede” curarnos rápidamente de todos los males físicos y espirituales, pero si no lo hace no es debido a su falta de poder o simplemente porque nos castiga sino por su sabiduría, y como sus “razones” superan las nuestras, entonces es mejor “confiar” en el médico divino que buscar entenderlo. Para ello hace falta ubicarnos más como “hijos” ante Dios que solo como “pacientes”.

Entre los principales “remedios” que nos dejó este médico se encuentra el sacramento de la Confesión. Éste supone un “tratamiento prolongado” de un sincero arrepentimiento de nuestros males y pecados. La salud espiritual es la finalidad de dicho tratamiento.

Los analgésicos dejémoslos para las enfermedades incurables, para la enfermedad del pecado busquemos una cura (¡o un Cura!); al fin y al cabo por tomar “analgésicos” para el alma sufrimos más que si nos decidiéramos a luchar –con la ayuda del médico y los medicamentos- contra la raíz de la enfermedad.

 

P. Héctor Albarracín

 

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