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De sentido común: ¿Para qué ser misericordiosos?

 

Preguntarse el para qué de lo que hacemos es una pregunta muy ligada al por qué lo hacemos, es decir, al motivo que nos mueve a hacerlo.

Sobre los motivos que nos deben mover a ser misericordiosos hemos hablado en números anteriores, en resumidas cuentas: ¿somos misericordiosos porque nos sentimos bien siéndolo?, ¿esperamos obtener buena fama o alguna otra forma noble de gratitud por parte de los demás? ¿lo somos porque esperamos que Dios y los demás nos ayuden en esta vida?... Todo esto está muy bien, pero no alcanza. Si de verdad queremos ser misericordiosos en toda circunstancia y pase lo que pase tenemos que esperar algo más..., tenemos que esperar más de Dios que de las personas, tenemos que esperar más para la otra vida que para ésta (decimos “esperar más” no en el sentido de “únicamente” sino “plenamente”).

Esto plantea otro tema: el de la eternidad. Ahora estamos en el “tiempo” de hacer el bien, de sembrar, de trabajar, de luchar (¡qué hermosa oportunidad!); cuando se nos termine el tiempo comenzará “plenamente” la cosecha. Dios, el Cielo, la eterna paz y felicidad no es algo mágico que sobreviene “automáticamente” después de la muerte sino más bien algo que debemos también conquistar, sembrar en esta vida. Que el Cielo sea una gracia no significa que no pongamos nada de nuestra parte, como decía San Agustín “el que te creo sin ti, no te salvará sin ti”.

Es lo que nos enseña Jesús en el evangelio cuando nos habla de la retribución final en la eternidad: “Entonces dirá el rey a los de su derecha: ‘Vengan, benditos de mi Padre; tomen posesión del reino preparado para ustedes desde la creación del mundo; porque estuve hambriento y me dieron de comer, sediento y me dieron de beber, era forastero y me hospedaron, estuve desnudo y me vistieron, enfermo y me visitaron, encarcelado y fueron a verme’. Los justos le contestarán entonces: ‘Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos de forastero y te hospedamos, o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o encarcelado y te fuimos a ver?’ Y el rey les dirá: ‘Yo les aseguro que, cuando lo hicieron con el más insignificante de mis hermanos, conmigo lo hicieron’ “(Mateo 25, 34 ss). Resaltemos del texto lo siguiente: Jesús dice “porque” mostrando la conexión de causa y efecto entre lo cosechado (“tomen posesión del reino”) y la siembra (“estuve hambriento y me dieron de comer..”).

Si bien, siendo misericordiosos, ya empezamos a gozar en esta vida de sus frutos, el fruto pleno se nos dará en la otra; para eso hace falta saber esperar y la espera tiene también sus sacrificios, mucho más en nuestro tiempo en el cual queremos una “gratificación inmediata” de lo que hacemos, queremos la curación sin la medicina, queremos los frutos “ya” sin tener que plantar, regar, cuidar, podar; si no estamos dispuestos a esperar la cosecha definitiva, entonces no vamos a sembrar de verdad…, dicho de otra manera: hace falta levantar la mirada y realmente desear y esperar la otra vida que Dios nos tiene preparada para tener la fuerza y el motivo de ser buenos y misericordiosos sin medida y de verdad.

En resumidas cuentas, por muchos motivos tenemos que ser misericordiosos, mucho podemos esperar de Dios y de los hombres por el hecho de serlo, pero no nos debemos olvidar que todos esos motivos y esas esperanzas humanas tienen que “atarse” y “encauzarse” en el Motivo y la Esperanza con mayúsculas, que se concretará plenamente en la otra vida, de tal manera que aunque caigan nuestras esperanzas humanas no cae le motor que nos impulsa a ser buenos y misericordiosos.

Esto es lo que nos enseña San Pablo cuando nos dice: “Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales” (1 Co 15,19) y también algo a lo cual nos invita la liturgia de la Santa Misa: -“Levantemos el corazón” – “lo tenemos levantado hacia el Señor”. “Ya” lo tenemos levantado hacia el Señor… pero “todavía no” hemos llegado a puerto… esperamos que cuando lleguemos El nos pagará según nuestras obras…, de allí sacamos las fuerzas para “remar” en este mundo…

 

P. Héctor Albarracín

 

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