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De sentido común: ¿derecho a la misericordia?

 

Tener un derecho implica que otro tiene una obligación y viceversa. Se tiene derecho a la remuneración de un trabajo por ejemplo. Pero nos preguntamos ¿se tiene derecho a un regalo?; el regalo supera la noción de obligación y de justicia, es movido por el amor.

Este es el contexto de la misericordia, sea de Dios para con las personas, sea de las personas entre si. Cuando alguien “exige” la misericordia en cualquiera de esos ámbitos se le está escapando algo esencial: los regalos no se exigen, se pueden pedir, suplicar, desear, pero no obligar. Esto no ubica a la misericordia en el campo de lo accidental o como si fuese un “hobby”, por el contrario es una exigencia superior, una exigencia que tiene que nacer del que ama y no ser exigida desde “fuera”, como sucede también con la amistad. No queremos complicar los conceptos, que quede claro simplemente que  la misericordia no se pueden exigir desde fuera como algo que Dios o los demás “nos deben dar”, en todo caso la exigencia debe comenzar “por casa” movida por el amor.

Decíamos que este es el microclima en el que germina la misericordia. Cuando nos ubicamos frente a la misericordia divina nuestra actitud tiene que ser la del mendigo, del que suplica, del que agradece, del enfermo que se acerca al médico para que lo cure y no para que legitime su enfermedad (¡cuántas personas pretenden que la “misericordia” de la Iglesia vaya en esta línea!). Es el ámbito en el que menos podemos “exigir” porque no tenemos nada proporcionado que ofrecer, excepto nuestras miserias reconocidas como tales, que son el objeto de la misericordia divina. Cuando tomamos conciencia de la misericordia de Dios y de los demás para con nosotros, entonces - pero no antes- estamos maduros para ejercerla sobre nosotros mismos y nuestro prójimo. Suele suceder, por una suerte de ley de “compensación” espiritual, que cuanto menos somos capaces de “regalar misericordia” nos volvemos más “exigentes” con Dios y con nuestro prójimo.

Ligado a este concepto de la misericordia como “don”, como “regalo”, está el de la “recompensa” que pretendemos recibir por ejercitarla. Cuando pensamos que Dios o los demás están “obligados” a darnos tal o cual cosa, entonces, vamos a ser misericordiosos “en la medida que” obtengamos alguna satisfacción o retribución de lo que hacemos (lo cual no está mal pero no alcanza para ser misericordiosos de verdad); por el contrario cuando nos damos cuenta que Dios o los demás son misericordiosos con nosotros movidos por verdadero amor, entonces la medida será la del amor que da sin esperar recibir nada a cambio, es más, aún recibiendo ingratitudes, porque tiene su mirada en lo que realmente interesa: hacer el bien al que lo necesita, y esa posibilidad es su mejor paga en esta vida y una recompensa eterna en la otra (“Vengan, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer…”  Mt. 25, 34 ss.)

Aprendamos qué significa ser misericordiosos contemplando la misericordia del Padre manifestada en Cristo Jesús, especialmente en la Cruz, ¿podemos exigirle semejante sacrificio?, ¿acaso la obligación lo llevo a muerte tan infame?¿…? . Solo podemos entender y valorar este “gran regalo” que nos hizo Dios si somos capaces de ver la mano amorosa que nos lo regala.

(En este tiempo en que ha crecido tanto el concepto de “derecho”, tenemos que educar, cultivar y valorar más el de “gratuidad” y de “gratitud” con todo lo que eso significa; de lo contrario tendremos una sociedad que necesite multiplicar sus leyes para poder “mínimamente” sobrevivir…, quedando su misericordia reducida a una solidaridad muchas veces hipócritamente ejercida…)

 

P. Héctor Albarracín

 

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