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De sentido común: Los límites de la misericordia

Antes de encarar cualquier obra es bueno marcar los límites, es decir, lo que “no podemos”. Esto vale también a la hora de practicar las obras de misericordia, con la salvedad de que, en este caso, seremos capaces de superar nuestros propios límites con la ayuda de Dios; sin embargo, esto no anula nuestra tesis: de nuestra parte tenemos límites porque no somos omnipotentes. De este modo, en las distintas obras de misericordia, no se nos pide que tenemos que “curar” al enfermo, sino “visitarlo”; a los difuntos los tenemos que “enterrar” pero no “resucitar”, a los presos “visitar” pero no “liberar”; o a la hora de “enseñar”, “aconsejar” o “corregir” no significa que esté en nuestro poder el que alguien realmente aprenda, acepte el consejo o se corrija.

Hasta aquí hablamos de los límites que tiene nuestra misericordia, pero la misericordia de Dios ¿tiene límites?, propiamente hablando no, pero en algún sentido podemos decir que si, o tal vez sería mejor decir que el límite lo tenemos nosotros al tratar de comprenderla.

Pongamos un ejemplo para ilustrar la diferencia entre nuestros límites y los de Dios, sabiendo que aplicamos dicha palabra de manera figurativa al hablar de los “límites de Dios”. Supongamos unos padres que no pueden dar algo a sus hijos porque no pueden comprarlo; en este caso el límite está en que “no pueden”. Ahora supongamos que otros padres tienen mucho dinero pero no le compran algo a sus hijos porque consideran que todavía no es conveniente para ellos; en este otro caso el límite lo pone su sabiduría.

El primer caso es normalmente el límite que tenemos los seres humanos, al menos a  la hora de hacer el bien a los demás según podemos; el segundo caso es el “límite” que se pone Dios para hacer lo que nosotros queremos que haga por nosotros; es decir, que Dios “puede” hacer mucho más de lo que hace (aunque ciertamente hace mucho más de lo que nos damos cuenta!) pero “sabe” y “provee” lo que es mejor para nosotros (aunque algunas veces no nos damos cuenta).

Ilustremos con otro ejemplo esta misteriosa realidad: en una oportunidad una catequista estaba explicando a sus niños que Jesús – haciendo un acto de misericordia – había resucitado a el  hijo único de una viuda en Naím (Lucas 7, 11-17), ante lo cual uno de los niños le preguntó: “¿y por qué no resucitó a mi papá que murió dejándonos solos a mi mamá y a mí?”. De modo muy sencillo y real este niño planteo lo que es el “límite”… y cualquier respuesta tendrá que ir más en la línea de la confianza en Dios que en querer explicar el por qué.

Dejemos en claro, entonces, que la misericordia de Dios no tiene límites en realidad,  pero es una misericordia “a su manera”, y entender eso significaría querer comprender a Dios completamente, lo cual excede nuestros límites. Es por eso que es mejor confiar en su misericordia que buscar entenderla. Me parece que ésta es la razón por la cual algunas personas que van por el camino de la sola inteligencia terminan en alguna forma de ateísmo cuando se encuentran con ese dios prácticamente impotente frente al mal que padecen.

Hagamos todo el bien “que podamos” a nuestro prójimo y dejemos en manos de Dios lo que no podamos, que El – según sus misteriosos designios – siempre puede… es decir, el siempre “sabe” cuál es la mejor forma de ser misericordioso con nosotros, aunque eso supere nuestros límites…

P. Héctor Albarracín

 

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