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De sentido común: los motivos de la misericordia.

 

Cuentan los biógrafos de la beata Madre Teresa de Calcuta que un periodista norteamericano que la vio atendiendo a un enfermo con heridas hediondas, le dijo que él no haría eso ni por un millón de dólares. "Por un millón de dólares tampoco lo haría yo", respondió ella...

 

Cuando realizamos una acción ésta puede ser llevada a cabo por diversos motivos. En principio no hay problema en que coexistan varios motivos siempre y cuando el principal sea el principal, como un río que tiene su cauce principal aunque en el trayecto se le vayan agregando otros arroyos que aumentan su caudal.

Cuando realizamos una obra de misericordia, como dar de comer al hambriento, enseñar al que no sabe, ayudar a un enfermo, el motivo principal, el motor, es hacerlo “por amor” al prójimo, no lo hago solamente por sentirme bien, por quedar bien, por lástima, etc. aunque todo eso “también” pueda estar presente en nuestra acción.

Por ejemplo, para que sea una verdadera obra de misericordia, el hecho de que un médico atienda a un enfermo o un maestro enseñe al que no sabe, (y así en similares vocaciones de servicio al bien común), se la tiene que realizar por amor al prójimo como motivo principal. No vamos a ser tan “románticos” de pensar que ese es el único motivo, ni hace falta, también el médico o el maestro necesitan ganar dinero, el tema es que no lo hagan “solo” por eso... o por eso como motivo principal. En esto consiste lo que hace que un médico o un maestro o un político sean “de vocación”.

 

Pongamos otro ejemplo, resaltando esta vez motivos no buenos que se pueden tener al realizar una obra aparentemente buena. El ejemplo lo vamos a tomar de la Sagrada Escritura, de aquella ocasión en la cual los fariseos traen ante Jesús a una mujer sorprendida en adulterio para que sea apedreada (Juan 8,1-11). Nos hacemos dos preguntas: ¿por qué la traen los fariseos?, no es por misericordia, por amor a la “justicia”, ni por amor a la mujer buscando su corrección; la traen para “probar” a Jesús, “usan” la miseria de esa mujer, no para curarla o ayudarla, sino para sus intereses.

¿Por qué la perdona Jesús? Por misericordia, la misma misericordia que la llevo al arrepentimiento. Jesús realmente piensa en el bien de esa mujer, la perdona y le aconseja “no peques más”, porque el pecado no nos hace felices...

Los fariseos, duros como la piedra, acusaban duramente a la mujer; Jesús, sereno como el ungüento, la curó de su mal. Frente a las miserias propias y ajenas sacamos lo mejor o lo peor de nosotros mismos...

Apliquemos este ejemplo “arquetípico” a nosotros mismos y muchas situaciones de nuestro tiempo cada vez que nuestra sociedad se indigna frente a algo que está mal, movida no por misericordia sino por... ¡vaya a saber por qué inconfesadas motivaciones!

 

El gran acto de misericordia lo hace Dios porque a El realmente no lo mueve ningún otro motivo que el amor a nosotros. Que verdad consoladora es ésta: tenemos un Padre, todopoderoso y sabio, que nos ama y busca nuestro bien y el de nuestro prójimo inclusive más que nosotros mismos... Tenemos toda la vida para meditar en esto... para meditar en la Misericordia de Dios..., y si logramos “entender un poco más” vamos a poder “confiar un poco más” y, de ese modo, tener “un poco más” de paz y felicidad y, de este modo, también ayudar un poco más a nuestro prójimo... por misericordia.

P. Héctor Albarracín

 

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