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De sentido común: Distintas formas de la Misericordia divina

 

Antes de leer esta nota les aconsejo volver a leer el relato de la llamada “parábola del hijo prodigo”, que se encuentra en el evangelio según san Lucas 15, 11 ss.. El relato tiene una gran riqueza de todo punto de vista, nosotros elegiremos resaltar las distintas formas de misericordia del Padre de la parábola, especialmente en relación con el hijo menor, símbolo de la misericordia de Dios Padre y de nosotros también llamados a ser “misericordiosos como el Padre”.

El primer acto de la misericordia del Padre consiste en repartir sus bienes. De esta manera cuando Dios nos crea a cada uno de nosotros nos reparte sus bienes, nos regala el bien de la vida con todo lo que ello implica, tanto la vida humana como la vida cristiana a través de nuestro bautismo. El poder pensar, sentir, querer, oír, obrar, etc, son bienes que Dios nos regala, el pecado es justamente “usar mal” de esos bienes; esto le sucedió al hijo menor cuando se “aleja” de la casa de su Padre y “malgasta” sus bienes.

Aquí viene el segundo acto de la misericordia de Dios. Se dice que el hijo menor, después que uso mal los bienes que el Padre le regalo, comenzó a pasar necesidad, porque el pecado no nos puede hacer felices (subrayamos “no nos puede”). Muchas de las pruebas, las dificultades y las cruces que tenemos en la vida también son un signo de la misericordia de Dios. El dolor, la tristeza, y hasta la misma desesperación en la cual nos sumergen nuestros pecados son el signo de que solo Dios puede llenar nuestra alma. Una persona que tiene adicción a las drogas, por ejemplo, muestra de modo trágico que solo Dios puede llenar su corazón ya que -en el fondo - es lo que busca detrás de esa agónica lucha por ser feliz o por superar los problemas. ¡Cuántas personas recuperaron la salud del alma cuando la providencia de Dios permitió que perdieran la salud cuerpo, o la perdida de sus bienes materiales!. ¿Pero la misericordia de Dios puede hacer sufrir?, ¿no es justamente la que debería hacernos felices ahorrandonos el sufrimiento?, la respuesta no es fácil, porque no es fácil “entender la sabiduría de Dios” en todo lo que hace y también porque no terminamos darnos cuenta en que consiste lo que “realmente” nos hace felices, es decir, nos hace profunda y permanentemente bien. De todos modos podemos decir que Dios permite que las personas sufran como el médico que busca la salud de su enfermo, aunque ésta pase por el sufrimiento, o como un Padre misericordioso que corrige a su hijo porque quiere lo mejor para él... aunque el niño no lo alcance a comprender.

El tercer acto de la misericordia, a nuestro parecer, lo encontramos cuando el hijo menor regresa y el Padre simplemente lo perdona. Aquí la parábola encuentra su punto culminante, un paso que requirió de los actos anteriores, ya que el perdón del Padre presupone el arrepentimiento del hijo... aunque también hay que decir que la misericordia del Padre es la que fue llevando providencialmente la hijo a su conversión. La misericordia de Dios nos lleva, por distintos caminos, a que nos demos cuenta de la fealdad y maldad del pecado y busquemos al único médico que puede curar ese mal. No consiste en una suerte de impunidad o ingenuidad de parte del Padre (“tu hermano estaba muerto” dice el Padre), sino a un amor tan grande que es capaz de perdonar la ofensa, y a una medicina tan poderosa que es capaz de curar la enfermedad.

Aprendamos del hijo arrepentido en nuestra confianza con respecto al Padre.... y aprendamos del Padre misericordioso con respecto a nosotros mismos y a nuestro prójimo.

P. Héctor Albarracín

 

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