Todos necesitamos del sacramento de la confesión, inclusive hasta el mismo Vicario de Cristo aquí en la Tierra...

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De sentido común: algunas excusas para no confesarse...

 

La diferencia entre las “razones” y las “excusas” para hacer o no hacer algo estriban fundamentalmente en que las razones se aplican de modo coherente a todos los casos, mientras que las excusas se “administran” según nuestra conveniencia. Por ejemplo, si alguien pone como razón no ir a tal lugar porque no tiene en qué ir, si le solucionan el problema y cambia de razón para no ir... entonces no tiene razones sino excusas, o sea, en el fondo “no quiere” ir.

Podemos hacer una lista de las excusas que tienen algunos para no acercarse al sacramento de la Confesión. Una de las excusas para no confesarse es la que dice “¿por qué me tengo que confesar con el sacerdote si es un hombre como yo? ¿tienen razón? .

Veamos si se aplica a todos los casos.

Resulta ser que hay personas que habitualmente traen para bendecir a la Iglesia objetos de piedad o agua; si el sacerdote no tiene un especial “poder” para perdonar los pecados tampoco lo tiene para bendecir.

Otros traen a sus hijos a bautizar por el sacerdote; si el sacerdote no tiene poder para perdonar los pecados tampoco tiene poder para bautizar de un modo especial.

Cuando llega la primera comunión de los niños, la familia se acerca a la Iglesia para que el sacerdote les de la hostia consagrada a sus hijos;  si el sacerdote no tiene poder para perdonar los pecados tampoco tiene poder para consagrar y hacer presente de un modo especial a Jesús en la Eucaristía.

Lo mismo puede decirse con respecto a la atención de los moribundos o los difuntos.

Me pregunto: ¿por qué para algunas cosas le damos poder al sacerdote y se las quitamos para otras? ¿será porque en algunos casos no nos conviene dárselo?

Sería mejor sincerarse y manifestar que no nos queremos confesar porque no queremos dejar el pecado o no tenemos la suficiente humildad para reconocerlo.

 

En otro nivel, pero con similares “razones”, algunas personas se muestran aparentemente más coherentes y no se acercan de ninguna manera al sacerdote porque no creen que les pueda ayudar en nada. Ellos se manejan, en teoría, directamente con Dios, sin necesidad de intermediarios; o se manifiestan ateos y creen prescindir de Dios en sus vidas. “A mi nadie me va a decir lo que debo hacer”, argumentan; ¿es una buena razón o - en el fondo- también es una excusa?

Igualmente a estos les decimos que a “alguien” o a “algo” le dan “poder” sobre sus vidas... ¿será el psicólogo?, ¿el parapsicólogo?, ¿los medios de comunicación? ¿...?. En este sentido no existen los ateos en absoluto, en algo creen... aunque más no sea en sí mismos; las “mediaciones”, los “puentes” en todos los ordenes son necesarios porque nadie es totalmente “autónomo”, la verdadera libertad consiste en elegirlos bien....

 

Regresando al tema de la Confesión o Reconciliación, más bien tenemos muchas razones a favor de ella, tanto desde el punto de vista de la fe y como también desde la salud mental y social. ¡Gracias a Dios que existe este sacramento!. Más que una obligación es una liberación, ¿alguien se queja de que existan los dentistas aunque cueste ir a visitarlos?, ¿se imaginan convivir toda la vida con un dolor de muela a base solamente de analgésicos?.

 

Ya que no hay razones suficientes frente a las excusas, aquellas personas que no quieren acercarse a la Confesión y ponen excusas, primero sincérense consigo mismas y luego tomen el testimonio de los que –por la Misericordia de Dios- experimentamos la necesidad y la paz interior que da esa medicina, que llega a lo más profundo de nuestro corazón, allí dónde ninguna mano humana puede llegar...

P. Héctor Albarracín

 

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