Volver a "de sentido común"

De sentido común: el peregrino y el turista.

 

Recorren lugares cargados de cultura, historia o religión dos tipos de personas: el turista y el peregrino. Dos tipos de personas que no se distinguen tanto por su aspecto exterior o por el uso de la tecnología, o por el motivo de su viaje, sino por dos actitudes diferentes: al turista lo podemos describir más o menos como alguien que lo primero que hace frente a un paisaje, una obra de arte, un objeto religioso, una persona importante, es sacar una foto o filmar, lo segundo es “sacarse una foto” y luego sigue de largo hacia lo próximo que va a “consumir”...; el peregrino, en cambio, lo primero que hace es contemplar y asombrarse, luego busca compartir su alegría y después saca la foto si viene al caso. El peregrino regresa a su hogar enriquecido por lo vivido... el turista lo único que enriqueció fue la tarjeta de memoria de su celular y su “red social”.

Estamos hablando de dos actitudes diferentes, no condenando el uso adecuado de la tecnología.

 

Estas dos actitudes fundamentales  también se pueden dar en el viaje de la vida que es vivir... Algunos viven la vida como el “turista”, es decir, solo “consumen” sin detenerse a “saborear” y hacer la “digestión” de lo que viven, de este modo la vida se les transforma en una serie de experiencias mas o menos conexas pero sin un sentido final. En todo este proceso juega un papel importante la tecnología, especialmente la relacionada con el mundo virtual. No se trata de un uso adecuado de la misma, sino en cuanto es una suerte de “evasión” del presente, cuando alguien se “conecta” en realidad para “desconectarse”: la vida real, con sus goces y sufrimientos, pasa como un río que no empapa la piedra sumergida en su lecho, por eso el “turista” no se compromete con lo que vive, porque en realidad no lo vive.

El peregrino tiene una actitud diferente. Se sirve de la tecnología pero vive su vida con la certeza de que su existencia, linda o fea, gozosa o sufriente,  merece la pena ser “realmente” vivida. El peregrino ama su vida, con todo lo que ella implica, y por eso es capaz de gozar y de sufrir sin evadirse, y de compartirla con los demás.

 

¿Cual será la causa de estas diferentes actitudes?, como toda causa se trata fundamentalmente de algo interior, la culpa no la tiene la tecnología ni el mundo virtual. Este fenómeno tan global de que las personas vivan su vida “a través” de una pantalla me parece que no se puede reducir a cuestiones superficiales o de propaganda; una necesidad más profunda encuentra en nosotros para prender tan rápidamente: ¿será un deseo profundo de contemplación mal canalizado?, ¿será que hemos exteriorizado tanto la felicidad que la buscamos insaciablemente “fuera” de nosotros?, ¿será que - por no querernos suficientemente a nosotros mismos- valoramos más “la comida” que “el apetito”, es decir, valoramos más “las cosas” que nuestro corazón?, ¿será que nos desconectamos demasiado de la naturaleza, de su belleza, de sus tiempos y caímos en manos de una pobre imitación de la misma -como es el mundo “virtual”- pero manejada a nuestro arbitrio?, ¿será que nos alejamos de su Creador o - peor aún - pretendemos ponernos en lugar de El?, ¿será....?

 

El que vive la vida como el peregrino puede disfrutar de todo lo creado justamente porque es “señor” de lo que tiene, de lo que consume, de lo que vive, de lo que sufre, y puede serlo porque el mismo está sujeto a otro “Señor”, es decir, disfruta de lo creado pero su corazón lo tiene puesto en Dios que es el único Bien que puede saciarlo, aunque plenamente al final del camino.

 

Lo cierto es que, una vez recorridas todas las “ciudades” de nuestra vida, al “turista” no le quedarán recuerdos para festejar (casi ni para recordar), mientras que el que vivió su vida como peregrino tendrá una vejez plena de emociones y recuerdos grabados en su memoria y en su corazón.

P. Héctor Albarracín

 

Volver a "de sentido común"