Volver a "de sentido común"

De sentido común: Dios se hizo niño...

Una de las fuerzas pedagógicas del amor es transformarnos de alguna manera en lo amado. “Mi amor es mi peso.... cada quien es según aquello que ama.” decía hermosamente San Agustín. Dios lo sabía, El nos hizo con esa capacidad de amar, por eso cada manifestación de su amor quiere “despertar” algo en nosotros, algo que nosotros necesitamos, no como una “obligación” sino por el deseo del amor. Una manifestación de ese amor de Dios se nos da en el pesebre de Belén, allí se nos manifiesta como un niño. A eso nos vamos a referir, no hablando tanto del niño Jesús sino mas bien de la necesidad que nosotros tenemos de ser niños como El.

Un niño es un ser  no autónomo, sino alguien que necesita ser educado, alimentado, etc..; por eso mismo un niño es perfectamente capaz de adaptarse a las “reglas” y obedecerlas virtuosamente, en esta obediencia está su capacidad de crecer y madurar, porque si quiere ser un “árbol grande” antes tiene que ser capaz de crecer en las raíces de los demás.

Un niño es un ser relativo, es decir, relativo a un Padre y una Madre, un niño esencialmente es un hijo con todo lo que eso significa, se sabe amado y protegido, y por eso vive feliz, es capaz de jugar, de reír y de llorar.

Estas y otras que el lector sabrá encontrar son las cualidades de los niños, cualidades a las que tenemos que volver a encontrar a lo largo de nuestra vida si de verdad queremos “madurar”; ¿pero es posible volver a ser niños?, en cierto sentido es posible, no como quien vuelve hacia atrás o se vuelve “aniñado”, sino como quien vive la vida como hijo de Dios, sabe “obedecer” a su Padre, y se siente protegido y amado por El. Suena una frase hecha y repetida pero es todo un camino de crecimiento interior. Es cuestión de tiempo la distancia que separa nuestra niñez del ser adulto, pero es cuestión de madurez la que separa nuestra adultez del niño que necesitamos volver a ser de alguna manera.

¡Cuánta necesidad tenemos de ser como niños en nuestro tiempo que se cree tan adulto que se ha independizado de su Padre Dios!, nos parecemos a ese hijo pródigo que se fue de la casa paterna con aires de libertad y terminó siendo esclavo ¡no de Dios sino de los puercos! (Lc. 15, 11 ss.). Se puede tachar de exagerado si alguien dijese que uno de los mayores males de nuestro tiempo es haber perdido la capacidad de ser “como niños” ¡pero si ni siquiera a los niños los dejamos ser como tales llenándolos de tecnología y responsabilidades que no tienen tiempo ni siquiera para jugar como niños y entre niños! Yo, que ahora tengo cincuenta, cuando tenía 10 u 11 años era plenamente un niño..., hoy ¿qué son a esa edad?. Es un ángulo particular de ver los males y la salida pero me parece totalmente justificado y necesario para nuestro tiempo; es lo que Santa Teresita enseña acerca “infancia espiritual”. No pensemos que este tipo de espiritualidad es para los Conventos o para personas de temperamento débil o conformista, es una verdadera conquista personal y social el aprender nuevamente a ser “como niños”; cada uno tiene que aprender a encontrar ese camino porque no hay mejor remedio para la supuesta “omnipotencia” humana fruto de la soberbia que la humildad y simplicidad del que vive como un niño.

Que en esta Navidad, al contemplar en el pesebre de Belén al niño Jesús, su presencia nos contagie esa niñez espiritual que necesitamos; esa es la fuente de la paz propia del pesebre, si queremos de esa agua... allí la tenemos que beber. Ah! y no dejemos también de contemplar a su Madre, porque Madre e Hijo vienen juntos...

P. Héctor Albarracín

 

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