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De sentido común: el arte de escuchar antes de hablar.

 

Nos relata el evangelio según san Marcos (7,31-37) la curación del sordomudo; más allá del milagro realizado por Jesús podemos resaltar el hecho de que fue curado primero la sordera y luego “se le soltó la lengua”. Dicho orden es natural. Normalmente las personas podemos hablar gracias a que escuchamos los sonidos previamente. Es una conexión genética en el sentido de que el escuchar engendra la capacidad de hablar.  En el caso de un sordo de nacimiento se le haría muy difícil sino imposible- según entiendo- pronunciar palabras porque no tiene referencia exterior de las mismas. Algo similar le sucede con respecto a la música al que no tiene “oído musical”, no se da cuenta a la altura que tiene que cantar.

 

Esta conexión natural y causal entre escuchar y hablar es sobre lo que vamos a reflexionar, aplicando esa relación al plano mas bien moral. La transposición de dicho tema en el orden espiritual se puede formular así: para poder hablar con propiedad de algo o de alguien, “antes” hay que ser capaz de escuchar (no solo de oír). Y si vamos un paso más podemos agregar: para ser capaz de escuchar tenemos que amar y confiar en quien nos habla o acerca de lo que nos habla.

 

Este enunciado tiene muchas aplicaciones en la vida. Pongamos dos ejemplos concretos del mismo.

Un ejemplo de ello es cuando hablamos “de los demás”.  Es natural emitir algún tipo de juicio acerca del prójimo, pero para hacerlo correctamente “antes” tenemos que ser capaces de escucharlo de alguna manera, y hacerlo no por curiosidad, sino porque los demás “nos interesan”, porque, en definitiva, los amamos. Si no fuimos capaces de “escuchar” a nuestro prójimo, con todo lo que eso significa, entonces “no tenemos autoridad para hablar”. No se requiere ser un especialista en todos los temas ni andar metiendo las narices en donde no nos incumbe, sino simplemente es un ejercicio de amor al prójimo: por amor lo escuchamos, nos involucramos, nos interesa, y movimos de ese mismo amor, “después”, somos capaces realmente de corregirlo, aconsejarlo o de hacer algo por él. Si no somos capaces de “escucharlo” de alguna manera, entonces mejor no emitamos sonido porque vamos a desafinar...

 

Otra aplicación del tema es cuando nos toca hablar de cuestiones relativas a la fe. Para poder hablar acerca de las verdades de fe, “antes” hay que ser capaces de “escuchar” a Dios que se nos revela, especialmente en la Biblia y a través de su Iglesia, a eso le sumamos la revelación particular que nos hace Dios a cada uno de nosotros a través de su providencia en nuestra vida. Dicho de otra manera, para ser “misioneros” antes hay que ser “discípulos”; para serlo no se requiere “saber” de todos los temas, alcanza con nuestra buena disposición de escuchar, de tener firmes algunas verdades fundamentales de nuestra fe y de “tratar” de adecuar nuestra vida a lo que hemos “escuchado”. Cuando esto no sucede entonces hay una “distorsión” entre el mensaje que escuchamos y su transmisión; no me refiero al hecho de que nuestra vida no esté a la altura de lo que creemos (¿quién lo esta?) por ignorancia o por debilidad, sino a la hipocresía. En este sentido las personas que no tienen fe y hablan cuestiones relativas a la Iglesia, al sacerdocio, al Papa o ligadas con la fe católica, suelen estar llenas de imprecisiones o de una visión inadecuada del tema porque son como quien “no tiene oído” musical: cantan pero algo (o mucho) desafinado. Como consecuencia práctica de lo dicho es mejor acceder a las noticias sobre la Iglesia a medios que sean creyentes, porque nos darán una mejor visión del tema. Vayamos a las “fuentes” porque “el medio” puede “enturbiar” el agua; ¿no han visto las cosas que “le hacen decir” al Santo Padre algunos medios de comunicación?.

 

Dicho arte de escuchar lo tenemos que ejercitar también con respecto a Dios, escuchar su voluntad sobre nosotros manifestada de mil maneras, el “medio” para escuchar correctamente a Dios es el silencio; “después” de escucharlo con confianza y amor, podemos pedirle, agradecerle... y “caminar” con nuestras obras porque sabemos adónde tenemos que ir... y por dónde... porque el que no es capaz de escuchar es como el que no ve...

P. Héctor Albarracín

 

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