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De sentido común: ¿Dios castiga?

 

Es de sabios simplificar cosas complejas sabiendo que son complejas, y de necios hacerlo ignorando que lo son; en un tema tan delicado como este, trataremos de ser sabios...

Imaginemos el caso de un niño que quiere “tocar” la llama de una vela encendida y nosotros lo amonestamos a no hacerlo, supongamos que -empeñado en su idea-  la toca y se quema, a lo cual nosotros le agregamos un “chirlo” por habernos desobedecido. Tenemos allí dos tipos de “castigos” en el niño: uno causado por el fuego y el otro causado por nosotros. De estos dos modos podemos entender el “castigo” de Dios: como algo causado directamente por El, como muchas veces figura en la Biblia (aunque para declararlo como tal es necesaria la voz del profeta),  y como algo causado por haberlo desobedecido quebrantando la naturaleza de las cosas creadas por El, a este segundo modo nos vamos a referir, aunque más que castigo de Dios es una consecuencia de nuestros malos actos.

 

En primer lugar tenemos que purificar el concepto de castigo cuando lo aplicamos de cualquier manera a Dios, sacándole lo que implica ira, desahogo, resentimiento; el castigo divino es más bien parecido a un médico que aplica la medicina, en este sentido es mejor decir que Dios nos “cura” nos “sana”,  ¿pero de qué modo?.

El niño que se quema por tocar la vela encendida experimenta un dolor, pero es gracias a ese “castigo” que puede retirar la mano rápidamente de la llama sin que le cause mayor daño, de lo contrario- si no le doliera- se le consumiría toda la mano, el dolor es justamente el “límite” saludable que le está avisando que algo está mal.

 

Lo que le sucede al niño con el fuego sucede también con la moralidad de los actos humanos; así como la naturaleza del fuego es quemar, la naturaleza del pecado es hacernos daño porque desviamos el fin para el cual Dios ha creado todas la cosas: por ejemplo el placer, los bienes materiales, la fama, son algo bueno en sí mismos pero cuando se buscan como fin en si mismos se desordenan y nos empiezan a hacer mal.

Tenemos, entonces, que el “obrar mal” tiene sus consecuencias, y esa consecuencia es -de algún modo- elegida por nosotros (aunque le solemos echar la culpa a otras cosas, en este caso al “fuego” o al que me pegó el “chirlo”) . Por ejemplo una persona que maneja un vehículo en estado de ebriedad “eligió” el accidente que se produjo ( como mostró muy bien la publicidad de “Mendoza vida y vuelta”); ¿suena exagerado?¿pero por qué me llaman exagerado si solamente saque las conclusiones, los efectos, de las causas?. Cuando obramos bien se siguen buenas consecuencias, cuando mal se siguen -tarde o temprano- las malas, inclusive más allá de nuestra intención; el “aprendizaje” lo logramos cuando unimos nuestras elecciones (tocar la llama) con los efectos (quemadura), y solo de ese modo podemos “curarnos” de cualquier mal. En otras palabras: ¡el pecado no es simplemente transgredir “impunemente” una ley, es algo que nos hace mal!; y así como es “saludable” para el niño la quemadura así también es saludable “sentirse mal” si obramos mal...

¿No serán estas las causas más profundas de muchos de los males que padecemos como individuos y como sociedad?, ¿no será la inseguridad, el estrés, la violencia, el desamor, el egoísmo - muchas veces- las “quemaduras” de nuestros actos o los de nuestra sociedad?, más que echarle la “culpa” al demonio o a Dios deberíamos mirar qué estamos haciendo...

 

Es un consuelo pensar que “todo” está ordenado para nuestro bien si lo sabemos aprovechar, si somos lo suficientemente humildes para reconocer lo que verdaderamente nos hace mal, y si eso no alcanzara, como un Padre cariñoso, Dios nos dará un “buen chirlo” para que aprendamos “que eso no se hace”... porque no nos hace felices... porque nos hace mal...

 

P. Héctor Albarracín

 

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