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De sentido común: ¿defender lo obvio?

 

Una vez leí una frase que decía: “que tiempos serán los que vivimos que tenemos que defender lo obvio”, lo obvio es lo que nos aportan los sentidos: lo que se ve, se huele, se toca, se escucha. De manera semejante, en el plano moral, lo obvio es lo que percibe nuestra inteligencia como verdadero o falso sin necesidad de muchas argumentaciones, lo que es de sentido común. No nos referimos aquí a lo que es “prudencial”, sino a lo que “objetivamente” esta mal o está bien; por ejemplo, la edad para casarse es un tema prudencial, pero si  pretenden casarse dos varones o dos mujeres eso “es obvio” que esta mal. El campo de la fe requiere un capítulo especial porque el objeto de la fe no es obvio, aunque sí pueden serlo las consecuencias de creer.

 

¿Por qué defender lo obvio?

Porque la fuerza de la costumbre o de la ideología impuesta  puede oscurecerlo, si todos los días bebo vinagre después de algún tiempo hasta lo voy a encontrar dulce... pero es obvio que no es así. De todos modos es imposible que desaparezca del todo y en todos, siempre “la naturaleza” se termina haciendo paso.  De aquí deriva la necesidad de no acostumbrarnos a la negación de lo obvio, de no verlo como “normal” (en todo caso será “común”), de tener la capacidad de asombrarnos una y mil veces. ¡Eso significará que estamos interiormente vivos!

 

Volvemos a la pregunta inicial ¿hace falta defender lo obvio? ¿desde dónde hacerlo?, desde la verdad y la verdad se impone por si misma, es como la luz, en todo caso tenemos que “sacar algunas ramas” para que ilumine mejor o indicarle en dónde está la luz a quien no la conoce. Defenderlo sabiendo que el mejor “argumento” es lo obvio mismo, es por eso que quienes lo niegan tienen que imponerlo con mucha fuerza: una mujer, por ejemplo,  vive su femineidad con naturalidad... alguien que no lo sea y pretenda aparentarlo necesita exagerarla...

Vamos un paso más. Cuando se argumenta demasiado para defender lo obvio se queda prácticamente en igualdad de condiciones con el que argumenta lo contrario. Para ilustrar pongamos unos ejemplos sin entrar en polémica con estos temas: si tengo que demostrar que el casamiento entre dos varones está mal puedo quedar entrampado en que le niego a una persona el derecho de amar o que coarto su libertad..., son los que están a favor de esta postura los que tienen que demostrar que eso es algo natural y normal cuando nunca se pensó así y además tienen que asegurarnos que ese nuevo estilo de vida no va a traer secuelas para la humanidad; en otro orden de cosas, no tengo que demostrar por qué un crucifijo debe permanecer en un lugar público, son los que están en la postura contraria los que tienen que argumentar por qué lo quieren sacar de ese lugar, sobre todo teniendo en cuenta que la Patria nació cristiana. ¡Yo no tengo que demostrar que un circulo es redondo,  lo tienen que tratar de demostrar los que dicen que es cuadrado!,  ¿y si dan sus razones?, entonces tendré que mostrar, con toda caridad y humildad (y una pizca de buen humor),  que son falsas o inadecuadas o maliciosas; ¿ y si nos descalifican y hasta persiguen de alguna manera?, perseveraré en paz con la certeza de que la Verdad siempre triunfa... aunque tenga que pasar por la cruz...

 

Enseñar la verdad y condenar el error pero con la tranquilidad que da el saber que la verdad tiene su fuerza propia , ayudandole al que tiene los ojos abiertos para que la encuentre y dejandome ayudar si soy yo mismo el confundido;  mientras que el que los ha cerrado, hagamos lo que hagamos, no la va a poder ver porque no la quiere ver (¡Dios nos libre!); al respecto decía S. Agustín “para el que quiere creer tengo mil razones, para el que no quiere no tengo ninguna”, cambienos la palabra “creer” por “ver” (que es una forma de lo obvio) y tenemos el mismo resultado.

P. Héctor Albarracín

 

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