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De sentido común: ...cosecharás tu Pascua!

Se suele decir, aplicando el simbolismo a la vida humana, que cada uno cosecha lo que siembra. Aunque nos pueden “regalar” directamente el fruto,  “en lo que depende de nosotros” sigue siendo válido aquello de que cosecharás según hayas sembrado. Esto significa que las acciones que realizamos, las actitudes que tenemos, no son fruto de la casualidad, o meros efectos espontáneos sino que son -por lo general- fruto de vicios o virtudes que nos condicionan, vicios o virtudes que hemos sembrado nosotros o al menos alimentamos. Existe una suerte de ingenuidad por la cual no nos hacemos cargo de la consecuencia de nuestros actos (entendemos aquí la palabra ingenuidad no en el sentido de inocencia sino en el de carencia de un conocimiento o experiencia que se debería tener con respecto a la malicia de nuestros actos o de las demás personas), y el precio de esa ingenuidad es que cuando “obramos mal” le terminamos echando la culpa a los demás o a circunstancias externas a nosotros mismos;  esa es la gran diferencia que existe entre la imprudencia y el accidente, entre el vicio y el defecto, entre el pecado y el error o la ignorancia..., etc, ¿se entiende?.

 

Apliquemos lo dicho a lo vivido como cristianos los días de la Semana Santa. Al hacerlo podemos llegar a la siguiente conclusión: según como cada uno vivió la Pasión del Señor (Jueves y Viernes santo) es como va a vivir la Pascua. Dicho de otra manera, en la medida que nos compadecimos con Cristo vamos a poder alegrarnos con El. “En lo que depende de nosotros” esto necesariamente va a ser así, es una simple consecuencia de nuestros actos...

 

Veamos, para ilustrar, lo ocurrido en la primera Pascua de la historia sirviendonos de una imagen:

... y amaneció el primer domingo de la historia, aquel que mereció ser llamado como tal: “Día del Señor”.                                                                                            

Un día tormentoso para los fariseos y para Pilatos... ya que ellos habían cerrado sus ojos a la verdad, es lógico que reine en ellos la confusión y el temor.

Un día gris, un día aburrido para Herodes,  porque el que pone el placer y la fama como fin de su vida y los coloca por encima del amor a Dios y al prójimo, después ya ni el placer le da placer...

Para Judas no amaneció, porque no hay mañana para la desesperación en la que se dejo caer por no confiar en la misericordia de Dios...

Un día nublado para los apóstoles, ellos todavía no habían terminado de comprender a Jesús; aunque esas nubes se iban a disipar, porque eran nubes pasajeras que fácilmente llevaría el viento de la humildad, no eran las nubes tormentosas de la soberbia.

Un día soleado para la Santísima Virgen... porque no hay tristeza cuando hay esperanza, y el dolor transformado por la fidelidad que da el amor se vuelve paz y alegría.

¿Y para nosotros cómo amaneció?

Todos queremos la alegría de la Pascua, como todos queremos la paz que da el pesebre, pero esa alegría y esa paz “solo” vienen con Jesús. Todos queremos cosecharla.... pero -además de que Dios nos regale la semilla- la clave está en saber sembrarla, regarla, podarla...¡aprendamoslo!¡no hay otro camino! ¿no es acaso lo contrario a esto la gran tentación del Tentador, es decir, llegar al domingo de Pascua “sin” pasar por el Viernes Santo?

 Los que vivimos del mejor modo que hemos podido la Semana Santa, aunque sea muy difícil transmitir una fuerte experiencia, sin embargo podemos “contagiar” el apetito de vivirla, como quien come con tanto apetito que despierta hambre en quien lo ve comer así... ¡Vivamos la alegría de la Pascua de tal manera que despertemos deseos de Dios en los que están tristes, aunque tengan que “pasar” por el Viernes Santo para conseguir esa misma alegría!

P. Héctor Albarracín

 

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