¿espejos o ventanas? ¿la selfie de Narciso o la fuente del amor?

 

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De sentido común: ¿espejos o ventanas? ¿la selfie de Narciso o la fuente del amor?

 

El mito de Narciso tiene varias versiones, pero se trata siempre de un hermoso joven que se enamora de sí mismo, o producto de una maldición, o por la imposibilidad de amar a otra persona.

En una de esas versiones Narciso, fruto de una maldición por haber rechazado el amor de la ninfa Eco, se enamora de su propia imagen reflejada en un estanque. Así fue que el joven contempla su reflejo y no puede separarse de sí mismo, hasta que muere ahogado, atraído y ciego por su propia imagen reflejada en el agua.

La leyenda de Narciso dio origen a la expresión “narcisismo” que se refiere a aquellos hombres o mujeres que están demasiado pendientes de sí mismos. Tiene relación con la falta de altruismo y del egoísmo reinante, algo que se parece más a una enfermedad social que a un simple comportamiento particular.

El sano amor a uno mismo y a la propia imagen es algo natural y bueno porque somos creaturas de Dios, pero no somos un bien absoluto, por eso es necesario que dicho amor tenga una “medida”, una “proporción”, una “finalidad” fuera de él. Puede parecer que el narcisismo es un “excesivo” amor, como si fuese “mucho” el amor que se tiene de sí, pero más bien hay que decir que es una falta de amor, porque ¿se ama el que no busca su propio bien?  y, por otra parte, ¿es bueno y saludable el buscarse a uno mismo como el fin de todo?.

Este mal, fruto en el fondo del egoísmo, toma diferentes formas. Algunas personas no buscan un prójimo a quien amar sino un “espejo” que les diga lo buenas o lindas que son, o alguien simplemente para “sentirse bien” descartando las personas según el “gusto” que les cause. No buscan una “ventana” para ver más allá de sí mismos, una realidad que los trasciende y que no es “manejable” sino que hasta convierten las ventanas (noviazgo, amistad, matrimonio) en espejos en donde verse reflejados. En el mundo adolescente golpea de modo particular porque puede transformar ese sano despertar a sí mismos en egoísmo y vanidad. El “muro” del facebook, las “selfies”, los espejos (especialmente los de una fiesta o de un gimnasio), las formas de vestir o de comportarse de alguna manera “exhibicionistas”, ¿no son -para algunos-  los nuevos “estanques” en donde se ahogan como Narciso?; y así se terminan “ahogando” en el mar de la tristeza, de la falta de deseo, del aburrimiento, de la desesperación…

El remedio para este mal es el amor. El amor verdadero logra el equilibrio justo entre lo que podemos denominar “la ventana” (el amar a los demás) y el “espejo” (el amor de sí mismo).La ventana tiene la gran ventaja de abrirnos el horizonte, de dejarnos salir y de dejar entrar a los demás. El espejo, cuando nos “detenemos demasiado” frente a él,  nos clausura (como el estanque de Narciso!), no nos deja salir y no deja entrar a nadie, diría que ni siquiera a nosotros mismos porque quedamos atrapados en nuestra propia “imagen” (o peor: la imagen de lo que queremos ser!) y no llegamos a ver lo que realmente somos.

Y no debemos olvidar que el amor viene de Dios, a El también debemos mirar a través de nuestra ventana ya que también a Dios lo podemos convertir en un “espejo” de nuestros deseos y caprichos (“dibujarse un Dios de conveniencia”, diría el Papa Francisco). Dios es lo que es: bueno, sabio, inmenso, capaz de llenar nuestro corazón; por una curiosa razón nunca nos amamos más que cuando amamos a Dios más que a nosotros mismos, y nunca nos amamos menos que cuando nos alejamos de Él, que es la fuente del amor. En esa “fuente-ventana” vale la pena sumergirse porque no existe el peligro de ahogarse como en el “estanque-espejo” de Narciso. 

P. Héctor Albarracín

 

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