año magico o año providente

 

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De sentido común: ¿un año “mágico” o un año “providente”?

 

Nos referimos a lo “mágico” en el sentido de concederle poderes extraordinarios a personas, cosas o acontecimientos, particularmente en cuanto esos poderes son “automáticos”, es decir, sin poner nada de nuestra parte, al menos nada “desde lo profundo” de nosotros mismos; algo así como tener “suerte”.

Lo contrario a este aspecto es lo que llamamos “providencia”, en la cual esperamos una ayuda del Cielo pero esa ayuda no anula sino que potencia nuestra capacidad de actuar; ambos aspectos sintetizados en la sabiduría del dicho popular: “a Dios rogando y con el mazo dando”.

Cuando comenzamos el año nos deseábamos “feliz año nuevo” y junto con ese deseo- noble por cierto- algunos esperan que este año sea mejor por el solo hecho de ser un año nuevo, que nos traerá “mágicamente” cambios o “suerte”. Por el contrario otros entienden ese “feliz año nuevo”, en el sentido de que nosotros seamos mejores, y de ese modo, lo que nos toque vivir, será para nuestro bien.

Lo mismo suele suceder con otros aspectos de nuestra vida: esperamos que “mágicamente” todo cambie cuando solo cambiamos de trabajo o de lugar, o el casado que cambia de mujer o el novio de novia, “sin hacernos cargo” de que, si nosotros no cambiamos, todo va a ser igual a la corta o a la larga. Esta situación la describe muy bien el siguiente ejemplo: una persona que tiene un forúnculo “en la sentadera” en cualquier silla que se siente se sentirá incómodo..., no le va a alcanzar con cambiar de silla porque el problema lo tiene él y no la silla.. ¿se entiende?; apliquemoslo a diversas circunstancias de nuestra vida y encontraremos la clave de por qué cambiamos muchas cosas con la ilusión de que todo cambie y sin embargo, muchas veces, todo sigue igual; ¡y para colmo nos pasamos echandole la culpa a la silla!

¿Cuál es la raíz de este curioso comportamiento humano? en el fondo, me parece, está el hecho de poner la felicidad y la infelicidad en lo que normalmente “no depende de nosotros”, en “cosas exteriores” a nosotros mismos, sin hacernos “responsables” de que, en definitiva, somos felices o infelices no tanto “por lo que” nos sucede sino “por el modo cómo” lo vivimos; de este modo pasamos tan fácilmente de grandes ilusiones a grandes desilusiones porque apostamos “todo” a lo que hacemos, tenemos, consumimos o padecemos y nos olvidamos que la verdadera “magia” de las cosas está en nuestro interior, en nuestra capacidad de amar, de creer, de esperar.

 

Todo lo contrario es la actitud que despierta en nosotros la confianza en la “providencia” divina, es decir, en el hecho de saber que nosotros somos los “señores” de lo que tenemos, hacemos,  consumimos o padecemos, y que por encima nuestro está el “Señor” de todas las cosas bajo cuyo amor se desenvuelve nuestra vida.  Si viviéramos a la “sombra” de este Padre eso le devolvería a cada cosa “linda o fea” de nuestra vida la “magia” de ayudarnos a crecer; eso nos daría una capacidad de amar por encima de cualquier dificultad y de poder “digerir” cada vivencia de placer o de dolor porque tenemos “buena digestión”, inclusive teniendo en cuenta de que hay “comidas” difíciles de digerir; no queremos relativizar este aspecto objetivo del placer y del dolor que tiene nuestra vida, pero nos parece que la diferencia no está solo en lo que “nos toca comer” sino en la “buena digestión”.

En definitiva, la confianza en la providencia divina nos enseña que todo lo que tenemos, hacemos o consumimos, no nos puede hacer felices si no tenemos “la capacidad interior” de serlo; y que todo lo que padecemos no nos puede hacer infelices si no queremos serlo. Pero todos estos “frutos” los podemos “cosechar” si Dios nos regala la semilla y si nos decidimos a sembrarla en nuestro interior... esa es la verdadera “magia” de la felicidad.

P. Héctor Albarracín

 

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