las razones que no tienen razon

 

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De sentido común: las razones que no tienen razón.

 

Hay razones que suenan muy lógicas pero en el fondo no son verdad (aunque puedan tener “parte” de verdad) sino que son falsas; a ese tipo de razones vamos a llamarlas “sofismas”.

El sofisma es distinto de la ignorancia o del error, estos son ausencia de verdad y no implican necesariamente mala voluntad,  mientras que el sofisma es una mentira camuflada, una falsa razón que usa la inteligencia para justificar una mala elección de la voluntad; al sofista no le interesa la verdad (ni la justicia, ni el bien) sino solo “usar” algún aspecto de verdad que tienen las cosas para su provecho personal o grupal.                     

                                                                                                         

Pongamos un ejemplo práctico de sofisma:

En una librería, un cliente tomando un ejemplar pregunta:

- ¿cuánto sale este libro x?

- Cien pesos, le responde el empleado.

Seguidamente el cliente dejando ese libro “x” y tomando el libro “y” vuelve a preguntar:

- ¿en lugar de este me puedo llevar este otro? ¿cuesta lo mismo?

- Sí, como no, tiene igual precio que el anterior, obtiene por respuesta.

A continuación el cliente amenaza con irse llevándose el libro “y”, ante la queja del empleado:

- Señor, ¿se va a ir sin pagar ese ejemplar?,

- ...pero si se lo cambié por el libro “x”

-¿y el libro “x”,entonces, no lo va a pagar?

- pero si se lo devolví...

Así es el sofisma, “parece” que tiene razón, “parece” muy lógico... ¡pero la “realidad”, es que el dinero no aparece!

El mundo que vivimos está lleno de sofismas porque no estamos dispuestos a sacrificar algo por amor a la verdad; en el reino de lo “útil”, la verdad es negociable...; en el reino del “placer”, la única verdad es la que se desea escuchar; y en el reino de la “apariencia”, la verdad que se impone es la que está de moda...

Por ejemplo, es un sofisma decir que se debe legalizar el aborto para evitar las muertes por abortos clandestinos, o para dar igualdad de posibilidades entre sectores ricos y pobres, como si se tratara de una cuestión terapéutica o social, ¡se trata de una vida humana!; otros sofismas brotan del repetido slogans “es por amor”, frase mágica que parece justificar automáticamente cualquier relación, como si el verdadero amor no tuviera también sus reglas de juego “objetivas” más allá nuestra elección o de lo “socialmente aceptable”.

                                                                                 

¿Cuales son las consecuencias?

El engañador termina siendo engañado, como en toda mentira, mucho más tratándose de mentiras “disfrazadas” de verdad, a la cuales nadie -ni el mismo que las dice- las cree; ¡aunque, lo peor, es que se las terminan creyendo!

 

¿Cuál es el remedio?

No vale la pena discutir con los sofismas porque podemos quedar enredados en las sutiles razones que los envuelven;  es mejor ponerlos en evidencia con el “olfato” que nos da el sentido común, y refutarlos con una sincera coherencia de vida; porque el sofisma se parece a la verdad, el ideólogo al mártir, ¡excepto a la hora de “firmar con la vida”!, porque nadie da la vida por un sofisma..

A esta receta tenemos que agregarle una pizca de buen humor, porque el sofisma es una “caricatura” de la verdad.

Nos consuela saber que la verdad siempre triunfa, por eso es muy bueno “andar en verdad”, como se suele definir a la humildad; y esa verdad “los hará libres”, mientras que el sofisma, aunque tenga momentáneamente sus ventajas, los hará esclavos...

                         

P. Héctor Albarracín

 

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